
Parte 2
Los bajaron del ómnibus uno por uno. Los algoritmos portátiles de los sicarios analizaban sus biomarcadores en tiempo real: fuerza, edad, salud, compatibilidad genética para trabajos forzados en las megafactorias del norte. Separaron a los débiles: ancianos, enfermos, disidentes genéticos. Les ataron extremidades con cables de fibra óptica y los apilaron junto a otros rechazados, como basura obsoleta.
De una camioneta blindada descendió un monstruo de carne y polímero: el Comandante 40. Sus ojos eran sensores térmicos de baja resolución, su voz rasgada por mil implantes de guerra.
–«A ver pinches residuos humanos: el que quiera vivir que lo grite ya», tronó su voz amplificada, retumbando en la noche de glitches, desesperanza y calibres 50x.
Nadie se atrevió a levantar la vista. Un adolescente tenía ya su exoesqueleto improvisado parpadeando, sus lágrimas fusionándose con sudor químico estaban a punto de agotar su energía.
El Comandante 40 desenfundó su pistola nanométrica y le voló el cráneo de un disparo sónico. Un destello azul iluminó el campo de tierra manchada de sangre.
–«¿Quién más es basura holcausteable?», rugió.
Ante el silencio, el santo padre del experimento narcohumanista ordenó que comenzara el ritual: entregaron mazos reforzados con hierro impuro a los cautivos. Tendrían que matarse entre sí en un torneo salvaje a la vieja usanza, sin TICs aumentadas.
–«El que quede en pie, se conecta a la Red Negra… y sobrevive.»
Uno de los rehenes se arrodilló, suplicando con ofrecer transferencias inmediatas de sus criptos, ofreció su casa, sus órganos. El Comandante sonrió con su mandíbula mecánica, fingió aceptar su proposición mientras se acercaba a él como compasivo… sólo para reventarle él mismo el cráneo con el mazo en una orgía de golpes histéricos.
Dentro del ómnibus, las mujeres y niños eran seleccionados para tráfico de piel sintética y reproducción artificial. Las madres abrazaban a sus crías, se aferraban al último vestigio de humanidad que sentiría en la medianoche del mundo, mientras los verdugos, con sus brazos biónicos, les arrancaban fácilmente a sus niños.
San Fernando era un matadero de almas, una factoría de horror infinito donde la muerte y la diversión del narcocyberpunk era solo otro protocolo cualquiera, olvidable, impune, normalizado.
¡A NADIE EN EL MUNDO LE IMPORTABAN LOS DESECHOS BIOLOGICOS DE LA REGIÓN-4!
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# EDITORIAL
ANTES: “PIENSO, LUEGO EXISTO”
AHORA: “PIENSO, LUEGO ME DESAPARECEN…”
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# CRÉDITOS:
Autor: Doctor Jorge Alberto Lizama Mendoza. UNAM-México, 27 abril 2025
Fuente Original: https://cybermedios.org
Fecha original de publicación:
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# REDES SOCIALES NO ATLANTISTAS
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