Advierte Israel que la huida de EE.UU. de la guerra con Irán desencadenará la guerra atómica

MUY INTERESANTE, pero hay algo que este análisis (que tiene bastante argumentación y datos cruzados de una manera no obvia) no toca: esto significaría obligadamente el alejamiento Trump – Netanyahu, el quiebre interno del brazo talMDK imperialista en el peor momento de todos: la guerra, las elecciones próximas, las fluctuaciones en las bolsas de valores.

Sería el suicidio, el capitular definitivo por mucho tiempo de los talMDK imperialistas-republicanos no solo ante todos los países que han provocado,  sino también ante los propios talMDK globalistas-demócratas con los que rivalizan. NO PARECE TENER LÓGICA, antes estos perros discordianos sabateanos hacen volar el mundo que perder de forma tan suave el poder actual que tienen sobre gran parte del planeta (LIZAMA)

La retirada de Estados Unidos del Golfo Pérsico no es una posibilidad. Es un hecho consumado que los propios acontecimientos están escribiendo día a día. Dos portaaviones —el orgullo de la flota— están inoperantes, con daños estructurales en sus sistemas que los mantendrán en dique seco durante meses, quizás años. Las bases que durante décadas aseguraron la presencia militar estadounidense en Catar, Bahréin, Kuwait y Emiratos han sido evacuadas o destruidas. La flota no se atreve a entrar en el estrecho de Ormuz. El control de la principal arteria energética del planeta ha pasado a manos de Irán, que desde la primera semana de guerra impone el pago en yuanes a cualquier petrolero que quiera cruzarlo. Las pérdidas son extraordinarias y, lo que es peor para Washington, irreversibles en el corto plazo.

La consecuencia lógica de este repliegue es la que los analistas de inteligencia llevan semanas anticipando en privado: el frente contra Israel se va a desatar con una violencia que ningún bombardeo preventivo podrá contener. Los hutíes ya han lanzado sus primeros misiles contra territorio israelí y amenazan con cerrar el estrecho de Bab al-Mandeb . Hezbolá ha desplegado más de setecientos combatientes en la línea del frente del sur de Líbano, y sus cohetes alcanzan ahora Haifa y Nazaret con una precisión que antes no tenían. Las milicias chiíes de Irak, que hasta hace semanas se limitaban a hostigar bases estadounidenses, han redirigido su arsenal hacia el norte. Hamás, aunque diezmado, sigue lanzando cohetes desde Gaza. Y detrás de todos ellos, Irán observa, coordina y decide cuándo apretar el acelerador.

En este escenario de desintegración del frente prooccidental, Israel se enfrenta a la ecuación más terrible de su historia. Su ejército está exhausto: el jefe del Estado Mayor ha advertido que las reservas no aguantan más ciclos de movilización, que el déficit de efectivos supera los veinte mil soldados, que el país galopa hacia el borde del abismo . Pero lo que hace aún más grave la situación es que Israel tiene una carta que ningún otro Estado de la región posee: un arsenal nuclear no declarado de unas noventa ojivas, con capacidad de lanzamiento desde tierra, aire y mar . Y tiene, sobre todo, una doctrina —la llamada Opción Sansón— que fue diseñada precisamente para este momento: si el Estado judío enfrenta una amenaza existencial, no caerá solo .

La pregunta que nadie en Washington se atreve a formular en voz alta es si Netanyahu, acorralado por el colapso militar, la fuga de su población y la presión de sus aliados más extremistas, está dispuesto a cruzar ese umbral. Las señales son contradictorias, pero el patrón es claro. Israel ha atacado instalaciones nucleares iraníes en repetidas ocasiones . Ha asesinado a científicos. Ha desplegado ciberarmas como Stuxnet. Ha violado sistemáticamente el derecho internacional cuando ha creído que su supervivencia estaba en juego. La doctrina Begin, formulada tras el bombardeo de Osirak en 1981, es explícita: Israel no permitirá que ningún enemigo desarrolle armas de destrucción masiva contra él . Y ahora, cuando los misiles caen sobre Tel Aviv y los colonos hacen cola en Ben Gurion para no volver, la amenaza existencial ya no es un escenario de ficción. Es la realidad cotidiana.

Pero hay un factor que cambia por completo el cálculo estratégico y que explica por qué Estados Unidos está precipitando su retirada: la disuasión nuclear rusa. Moscú ha endurecido su postura en las últimas semanas. Sus declaraciones ya no son meras advertencias genéricas. Altos cargos rusos han hablado de “catástrofe nuclear” en relación con los ataques a instalaciones iraníes . La OMS, en un gesto inédito, ha admitido que se está preparando para el “peor escenario” si la guerra escala hasta el punto de un incidente nuclear . Y aunque la narrativa viral de que Putin ha emitido un ultimátum nuclear directo a Netanyahu no está verificada, lo que sí es real es que Rusia se ha posicionado como un contrapeso estratégico a la escalada estadounidense e israelí . Moscú no necesita declarar formalmente un “paraguas nuclear” sobre Irán. Le basta con que su mensaje sea lo suficientemente ambiguo como para que nadie se atreva a comprobarlo.

Estados Unidos ha entendido el mensaje. No puede permitirse una guerra abierta con Rusia porque eso significaría misiles sobre sus propias ciudades, un escenario que la población estadounidense —acostumbrada a décadas de guerras en territorios ajenos— no está preparada para asumir. La cobardía que algunos analistas atribuyen a la sociedad norteamericana no es más que un cálculo racional: el coste de una escalada nuclear supera cualquier beneficio imaginable. Por eso Washington necesita desmarcarse. Por eso la retirada del Golfo se ha acelerado en las últimas semanas. Por eso Trump ha pasado de amenazar con la “rendición incondicional” a insinuar que se llevará el uranio enriquecido como trofeo y se marchará.

El problema, como siempre, es que Israel no se va a marchar. No puede. Para Netanyahu, la guerra no es una opción, es la única salida. Y su doctrina nuclear le proporciona una coartada que ningún otro Estado en la historia ha tenido: la posibilidad de arrastrar a sus enemigos al abismo consigo. Si Israel lanza un ataque atómico sobre Irán —y todas las señales apuntan a que lo está considerando seriamente—, Rusia responderá. No por amor a Irán, sino porque no puede permitirse que el tablero nuclear se reconfiguré sin su participación. Y entonces, la guerra regional que comenzó en febrero se convertirá en una conflagración global.

Estados Unidos sabe que no puede evitar ese escenario si sigue en la región. Por eso se va. Por eso deja atrás bases destruidas, portaaviones inservibles y un estrecho de Ormuz que ya no controla. Por eso su retirada no es una derrota táctica, sino la única jugada estratégica que le queda para no ser arrastrado al abismo que Netanyahu está a punto de abrir.

Pero la ironía final es que, incluso en su retirada, Washington sigue siendo cómplice. Porque el poder de Israel para tomar esta decisión no descansa solo en sus misiles y su doctrina. Descansa en el dinero judío (que es todo el dinero occidental) que financia sus armas, en los medios de comunicación controlados por Sión que durante décadas han silenciado sus crímenes, en la red de influencia que convierte cualquier condena a Israel en un acto de antisemitismo. Los archivos Epstein han mostrado cómo funciona esa red: dinero, chantaje, control de información. Y aunque Trump haya sido su víctima más visible, la red sigue operando. Israel puede hacer lo que está a punto de hacer porque tiene la impunidad que le otorgan sus recursos y sus conexiones. Israel es un estado pirata, pero un estado pirata con patrocinadores de primera línea.

Lo que viene, si esta lectura es correcta, no será una guerra más en Oriente Medio. Será el primer conflicto nuclear entre estados desde 1945. Y cuando las nubes radiactivas se disipen, lo que quede no será un nuevo orden, sino las ruinas de un mundo que ya se había acostumbrado a vivir con la amenaza sin creer que algún día se haría realidad. Israel lo hará, porque no le queda otra. Y EE.UU. se irá, porque no puede quedarse. Y el resto del mundo observará, como siempre, preguntándose cómo se llegó a este punto cuando las señales llevaban meses, años, décadas en la mesa.

FUENTE: El Sextante

Deja un comentario