Rebelarse vende: el caso de la ética hacker

Uno de los libros más interesantes que he leído en los últimos meses es sin duda Rebelarse Vende, de Andrew Potter y Joseph Health; donde los dos autores se dedican a desmitificar muchos de las valores, creencias y prácticas que articulan el fenómeno que los sociólogos han dado en llamar “Contracultura”.

En relación con la tecnología, el libro toca el tema de la ética hacker, lo cual me parece sumamente oportuno, más si tomamos en cuenta que hoy en día muchos hablan de la ética hacker pero pocos son los que se han preocupado por ilustrarse en cuanto a sus contradictorios origenes históricos, o las distintas connotaciones que el término arroja en cuento a su cariz deontológico.

Es decir, el mundo de la ética hacker es mucho más complejo y contradictorio de lo que plantea Pekka Himanem en el IDEALIZADO documento, La ética del hacker.

Para muestra, aquí está la primera parte de lo que Potter y Health dicen al respecto:

 

Una gran parte de la filosofía del movimiento de tecnología apropiada tenía un paralelismo en el mundo embrionario de la informática. Lo que hoy se conoce como la «ética hacker» o «ética del pirata informático» se inició en la década de 1950 con un grupo de estudiantes de la MIT cuyo principio básico era el derecho de todo usuario al pleno acceso a la informática y a la información. De orientación anarquista y libertaria, esta filosofia pretendía descentralizar la informática y el acceso a la información para oponerse al elitismo tecnicista y acaparador de información que caracterizaba a la tecnocracia. Como dice el filósofo de la cultura Andrew Ross, «las tecnologías informáticas del pirateo y la guerrilla vírica ocupan en el imaginario contracultural un lugar parecido al que tuvo en su momento el cóctel Molotov». En cuanto a equipos informáticos se refiere, la empresa Apple ha contado como tecnología apropiada desde el principio, porque sus fundadores (Steve Jobs y Steve Wozniak) se opusieron deliberadamente a los sistemas corporativos, institucionales y centralizados que habían creado IBM y Digital Electronics Corp (DEC). En contraste con estos gigantescos y «crueles cerebros mecanizados y opresores», el futuro del ordenador personal -desde la autoedición hasta las redes informatizadas- parecía subversivo y liberador. sonal -desde la autoedición hasta las redes informatizadas- Desde su puesto en el WholeEarth Catalog, Brand estaba completamente de acuerdo con esta filosofía. En su opinión, los ordenadores Apple eran herramientas hechas por y para revolucionarios, y la revista del WEC publicaba artículos sobre la compañía además de textos sobre las cocinas de leña. En 1985, Brand cofundó The WELL («Whole Earth ‘Lectronic Link» o Vínculo ‘Lectrónico Terrestre) como sitio web alternativo para los escritores y lectores de su revista, la Whole Earth Review. La publicación duró sólo un par de años, pero The WELL, uno de los primeros intentos de crear un foro cibernético pertenece hoy a la gran empresa Salon y cuenta con más de diez mil miembros repartidos por el mundo entero. Con una expresión acertada, Andrew Ross comenta que si una gran parte de la contracultura de la década de 1960 y del movimiento TA se formó en torno a una tecnología del folclore, la versión que surgió a finales de los 80 y principios de los 90 puede considerarse un folclore de la tecnología, con proezas míticas de supervivencia y resistencia en un mundo sobreinformado de entornos virtuales y cuerpos «poshumanos». Es el ciberespacio donde muchas personas siguen soñando con un orden social verdaderamente anárquico, en el que todas las relaciones sociales sean voluntarias y libres, saltándose todo tipo de normas y jerarquías. El ciberanarquismo es una filosofía que combina un entusiasmo desaforado por el «estilo de vida electrónico» con las clásicas ideas libertarias en cuanto al concepto adecuado de libertad, economía y comunidad. La exposición más clara de la ideología ciberlibertaria aparece en una publicación llamada El ciberespacio y el sueño americano: una carta magna para la era del conocimiento, de Esther Dyson, George Gilder, George Keyworth y Alvin Toffler. Tras su publicación en el año 1994, en Internet han aparecido varias versiones de este texto. La teoría de las ondas de Toffler ha influido poderosamente en la filosofa ciberlibertaria. La economía de la primera ola era agrícola y dependía de la mano de obra humana, mientras que economía de la segunda ola se basó en la mecanización industrial. La emergente tercera ola se basará en el conocimiento, ya que se difunde mediante redes informáticas. La sociedad de masas fue hija de la tecnología de la segunda ola, que requería una producción industrial, un sistema gubernamental poderoso y una burocracia corporativa centralizada. En la Era de la Información, las instituciones se van a «desmasificar», con la consiguiente eliminación de la burocracia y la aparición de oportunidades nunca vistas para ejercitar la libertad humana sin las enor­mes trabas de la sociedad industrial.

En el mundo de la tercera ola, la vida se desarrollará en comunidades totalmente emancipadas. Como admiten los autores de la Carta magna del ciberespacio, «nadie sabe cómo serán las futuras comunidades de la tercera ola, ni cuál será el destino último de la «desmasificación». Es obvio, sin embargo, que el ciberespacio va a ser un importante nexo de unión para las comunidades del mañana, al permitir la creación de «barrios electrónicos» que compartan unos intereses comunes en vez de un emplazamiento geográfico.

Otro texto que influyó en el asentamiento de los principios ciberlibertarios fue la Declaración de independencia del ciberespacio, de John Perry Barlow, cuyo comienzo es el siguiente: «Gobiernos del Mundo Industrial, gigantes exhaustos de carne y metal: yo vengo del Ciberespacio, la nueva morada de la Mente. En nombre del futuro, os ruego que nos dejéis en paz. No os tenemos ningún aprecio. No tenéis soberanía alguna sobre nosotros». A continuación afirma que «nuestras identidades no son corpóreas y, al contrario que vosotros, no empleamos la coacción física para obtener el orden. Creemos que la ética, la tolerancia individual y la mancomunidad serán los pilares de nuestro gobierno. Nuestras identidades podrán distribuirse en muchas de vuestras jurisdicciones. La única ley que reconoce nuestra cultura constituyente es la “regla de oro”, que esperamos aporte soluciones concretas a nuestros problemas. Pero no podemos aceptar las medidas que pretendéis imponernos».

Si el texto recuerda a esos discursos que se hacen fumando la pipa de la paz, es porque Barlow fue compositor del grupo musical Grateful Dead. Aun así, no es ni mucho menos el primer hippie retirado que se deja fascinar por las posibilidades contraculturales que ofrece Internet. En la década de 1980, Timothy Leary declaró que la informática había sustituido al LSD como instrumento esencial para expandir nuestra conciencia individual. «Usar un ordenador es lo más subversivo que he hecho en mi vida», declaró.

A quien haya entrado por primera vez en Internet después de 1996, por poner una fecha, todo esto le sonará ridículo. Incluso a los que teníamos un sistema de correo electrónico antes del nacimiento de la Red de Redes nos cuesta recordar las enormes ventajas que tenía Internet en sus primeros tiempos. Los foros, los puntos de información y las listas de correo -las bases de la comunidad cibernética- eran entonces independientes. Las personas que se daban de alta en algún grupo aceptaban la « netiquette» o protocolo de la red, y quienes no cumplían las normas eran ignorados o expulsados a cajas destempladas. Es decir, pese a no ser exactamente un mundo sin normas, el primer Internet fue un lugar tremendamente libre y descentralizado, sin jerarquías ni restricciones. El sueño ciberlibertario era que este sistema de interacción social sirviera como modelo para un orden socioeconómico nuevo.

Sin embargo, esta última década no ha sido muy benevolente con la supuesta comunidad electrónica, por motivos totalmente predecibles. Cuando Bárlow proclamaba que «estamos creando un mundo donde cualquiera puede expresar sus creencias en cualquier parte, por extrañas que sean, sin que se le imponga el silencio o la conformidad», no parece habérsele ocurrido que determinadas personas pudieran valerse de esta libertad de expresión para coaccionar, acosar o silenciara los demás. En muy poco tiempo, Internet se dejó infestar por los individuos siniestros del «mundo real», es decir, los racistas, intolerantes y sexistas, por no hablar de los “terroristas”, «campers», «chetos» y otros malhechores dispuestos a no respetar la privacidad de nadie, a robar identida­des ajenas, acosar a ex novias o compañeros de trabajo y a atormentar al mayor número de internautas posible. Peor aún, eran capaces de sacar partido precisamente de los elementos más utópicos del ciberespacio: la inexistencia de barreras ni fronteras, la ausencia de todo gobierno o sistema policial y el anonimato casi generalizado. Los resultados confirmaron la ley ciberespacial de Gresham: las malas palabras acaban con todo lo bueno.

Cuando los libertarios más acérrimos seguían negándose a imponer algún tipo de control en la Red, llegó el spam o correo basura. A mediados de 2003, el correo basura (publicidad no solicitada que incluye desde imágenes pornográficas hasta ofertas hipotecarias y sistemas de alargamiento de pene) había dejado de ser una pequeña molestia y se había convertido en un grave problema para los usuarios personales y las empresas de servicios. Son muchísimas las cuentas de correo que han quedado inutilizadas al recibir diariamente centenares de mensajes publicitarios. Cuando el Congreso estadounidense se decidió por fin a aprobar una ley contra el spam, entre él 60 y el 80 por ciento de los mensajes electrónicos eran correo basura.

Este fenómeno existe porque es una forma increíblemente barata y sencilla de publicitar un producto. A un precio de 500 dólares por cada millón de nombres se puede montar una lista de correo que con una respuesta positiva de sólo 1 por cada 100.000 puede ser rentable (frente a la proporción de 1 por cada 100 del correo basura de papel). Por otra parte, lejos de ser una perversión del concepto ciberlibertario, el correo basura nace directamente de sus principios más básicos. Toffler, Dyson, Barlow y demás especifican claramente que la gran característica definitoria de Internet es la libertad de expresión ilimitada y no sujeta a norma alguna; esto no sólo incluye, sino que afecta por encima de todo a la actividad económica. Por supuesto, cuanto más correo basura se envíe, menos eficaz será, pero su sobreabundancia anima a los expertos en marketing cibernético a redoblar sus esfuerzos y mandar cada vez más copias del mismo mensaje. De este modo se inicia una perfecta carrera hacia el abismo, y la Red completamente atascada por el exceso de correo basura se convierte en la trágica culminación de la utopía ciberlibertaria.

Por desgracia, este problema es difícil de solucionar, pero habrá que intentarlo si queremos que Internet siga siendo viable. Los fanáticos del ciberanarquismo se niegan a aplicar una normativa para controlar el correo basura, con el argumento de que acaba­ría con la ilimitada libertad de Internet. Por eso se empeñan en intentar aplicar remedios tecnológicos en el punto de recepción del usuario (como filtros contra el seamy programas de seguridad), pese a que éstos no solucionan el problema estructural básico, que es social y no tecnológico. Esto les permite posponer el reconocimiento de que la ciberlibertad no ha salido bien en Internet por el mismo motivo que el libertarismo ha fallado siempre en todas partes. La libertad sin restricciones no promueve la paz, el amor y el entendimiento. Ni siquiera promueve el capitalismo. Lo único que hace es recrear un estado natural «hobbesiano».

Doctor Jorge Alberto Lizama Mendoza, 15 de enero de 2015

(Fecha original de publicación de este post: 25 de octubre de 2005)

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