Las necrotecnologías. ¿Y si desconectamos internet?, por Pierre Saint-Servant

La crítica de la técnica puede apoyarse en los trabajos de antiguos y grandes maestros del pensamiento, pero una  nueva generación de autores y usuarios ‒ frecuentemente “arrepentidos”‒ atacan el mito de la neutralidad de la técnica. Un análisis de estos nuevos tecnocríticos.

Una modernidad extenuada. Fatiga, pérdida de memoria, riesgos psicosociales, crisis de atención, aceleración del trabajo, pérdida de sentido. ¿Realmente es necesario enumerar los daños colaterales de la expansión digital? ¿Cómo  explicar que, sin embargo, estén tan poco documentados, y que los intelectuales tecnocríticos hayan estado, hasta el año 2000, marginados? La crítica de la empresa digital ha sido,  durante mucho tiempo, tarea de ciertos grupos anarquistas y de los primeros decrecentistas. Grosso modo, el colectivo Pièces etmaindœuvre, por  un lado,  las revistas Limite y La Décroissance,  por  otro. Surgimiento de un neoludismo híbrido [ludismo, movimiento del siglo XIX de los artesanos ingleses contra las máquinas destructoras de empleos] que, después de haber tomado la medida de la última revolución industrial, la digital, se reconocen maestros como Jacques Ellul y Bernard Charbonneau, Günther Anders y Theodore Kaczynski. En Francia, esta reflexión es llevada a cabo por  una nueva generación intelectual, en la que figuran Cédric  Biagini, Baudouin de Liodinat y François Jarrige. En los Estados Unidos, la segunda obra del filófofo  Matthew B. Crawford, The World Beyond Your I lead. On Becoming  an lndividual  in an Age of Distraction , y la del doctor Nicholas Kardaras, Glow Kids. How Screen Addiction ls Hijacking Our Kids – and howto Break the Trance, han sacado a la luz esta cuestión de la empresa digital. La línea  de combate a cubrir es inmensa: economía de la atención, las ciudades inteligentes, el marketing comportamental y el bruin hacking, la domótica, el tratamiento de los datos personales, las tecnodependencias… y pronto la calificación social,  el internet de los objetos y la red  5G, que harán de las redes numéricas cada vez más complejas, pero también más difícil de ignorar. Estas innovaciones, ¿no serán, muchas de ellas, necrotecnologías, tecnologías mortíferas?

Sobre estas cuestiones, el “unanimismo” de rigor,  la religión de la innovación y sus  promesas de creación de empleo, los progresos médicos y la idílica mejora de la vida cotidiana, parecen poco cuestionadas. Crítica y escepticismo sobre ellas  son  relegados al rango de la blasfemia, pero una discreta insurrección está a punto de surgir. Una contestación que se extiende a medida que la servidumbre digital refuerza su objetivo. Estos últimos años, los movimientos tecnocríticos se han propagado también entre los profesionales de la educación y de la sanidad.

Para acabar con  el mito de la neutralidad tecnológica

Las críticas más pertinentes proceden, con frecuencia, de los “arrepentidos”. Estos precursores de la web,  que conocen las GAFAM desde su interior, han tomado conciencia del Leviatán que, ellos  mismos, hicieron nacer. Son, entre otros, Tristan Harris,  James Williams y Guillaume Chaslot (Google); Justin Rosenstein, Chamath Palihapitiya o incluso Sean Parker (Facebook). Su fino conocimiento de los sistemas algorítmicos y de los programas de investigación en el campo de las neurociencias, hacen que sus  testimonios sean particularmente valiosos. Estos tecnocríticos de nuevo tipo son  los primeros en refutar el mito de la neutralidad tecnológica. Según este, la influencia de un objeto técnico sólo depende del uso  ‒bueno o malo‒ que se haga de él. Mito que postula la denuncia de los “malos usos” y de las “derivas” de algunas prácticas tecnológicas. Para los tecnocríticos, las cosas son  más simples: “nosotros consideramos que la tecnología ‒y no sus  “derivas”‒ es el hecho principal del capitalismo contemporáneo”.

Hay que volver  entonces sobre la distinción fundamental planteada por  Ivan Illich, y después por  Jacques Ellul, entre el instrumento (el útil o la herramienta) y la tecnología. En el primer caso, es el hombre el que se sirve del objeto; en el segundo, es el hombre el que se pone al servicio de la tecnología, situándose, respecto a ella, como un siervo. En el caso de los smartphones, que algunos llaman ya “tiranophones”, las incesantes notificaciones son  requerimientos dirigidos a su propietario para consultar el último mensaje, conocer las últimas noticias, verificar su popularidad en las redes sociales o comprobar el cumplimiento de su entrenamiento deportivo. «Como  en el vehículo autónomo, estamos condenados a convertirnos en pasajeros de nuestra propia vida. El humano es el error, y el mundo-máquina no tolera errores”. La industria digital dedica cantidades muy  importantes a los programas de investigación en neurociencias. El funcionamiento del cerebro humano y su capacidad para segregar ciertas hormonas se ha convertido en el nuevo Grial para sus  directivos, que buscan maximizar la dependencia de los usuarios.

Captar nuestra atención

Tristan Harris,  antiguo cuadro dirigente en Google, habla de una “economía de la extracción de la atención”. Hemos pasado, incontestablemente, de un capitalismo del deseo, el de los Treinta Gloriosos y la sociedad consumista, a un capitalismo de la atención. Es lo mismo que parece anunciar, pese a él mismo, el inenarrable Patrick Le Lay cuando hablaba de “tiempos de cerebro disponible”. Los gigantes digitales tienen un objetivo prioritario en la despiadada guerra que libran entre ellos: maximizar el tiempo que un número creciente de individuos pasa ante sus  dispositivos y plataformas. El Center for Humane Technology, fundado por  los arrepentidos de la tech, es bastante claro:  “Lo que ha comenzado es una carrera para monetarizar nuestra atención, que socaba los pilares de nuestra sociedad: la salud mental, la democracia, las relaciones sociales y el futuro de nuestros hijos”. El brain hacking comportamental está ahora en el corazón de la estrategia de los gigantes digitales. Jugando con los mecanismos de recompensa, de duda y de frustración, los que conciben las plataformas de internet, los sitios web  y las potentes aplicaciones, se sirven de las hormonas humanas para “piratear” el cerebro de los usuarios. Uno de estos neurocientíficos, Ramsay Brown,  no ha dudado en bautizar a su centro de investigación como «Dopamine Labs». Desde ese momento, la crítica de la empresa digital, bajo  el único ángulo de las amenazas sobre la vida privada, o sobre la perspectiva moralista, por  el fácil acceso a los contenidos violentos y pornográficos, parece muy  débil.  Pero lo esencial está en otra parte: esta captación generalizada de la atención de millones de individuos ilustra una revolución ontológica sin precedentes. El hombre pretendidamente aumentado, aquel para el que su smartphone se ha convertido en un cerebro de sustitución, no tiene literalmente nada que ver con el hombre que era  antes.

Por un derecho a la desconexión

George Orwell describió muy  bien  la dificultad inherente a cualquier crítica antitecnicista: “En la teoría, estamos dispuestos a convenir que la máquina está hecha para el hombre, y no el hombre para la máquina; en la práctica, todo esfuerzo dirigido a controlar el desarrollo de la máquina nos  parece como un atentado contra la ciencia, es decir,  como una suerte de blasfemia”. Estando cada cual guiado por  su propia satisfacción individual (mi teléfono, mis aplicaciones, mi ordenador, mi consola de videojuegos y mis redes sociales), la crítica tecnológica se está convirtiendo, más que en un simple combate ideológico, en una querella entre intelectuales. Está la oposición de los contadores Linky, los quijotescos combates de los electrosensibles y los que reclaman la inclusión legal del “derecho a la desconexión”. En medio del increíble tumulto de la época, donde la rapidez y la inmediatez se han convertido en el principio central, ¿convendría tomar la medida de los que Günther Anders llamaba con razón “la obsolescencia del hombre”? Individualmente, el despertar sobreviene con frecuencia después de un choque: depresión, enfermedad y ruptura del vínculo  social.  En nuestros países mayoritariamente terciarizados son  numerosos los que ocupan un empleo situado bajo  el reino del circuito integrado y del disco  duro. Las pantallas están por  todas partes, las interrupciones cada vez son  más frecuentes y las tareas cada vez más aburridas. La aceleración parece sin objetivo y sin límite. Estos proletarios de nuevo tipo están reducidos a manipular el teclado y el ratón, rellenar plantillas, tratar flujos  de emails y sufrir reuniones absurdas dirigidas a probar la utilidad de su trabajo. “Encontrar el sentido”, anuncian los profetas de la nueva gestión y los gurús del desarrollo personal. Como  intentando lubricar los mecanismos de un capitalismo digital cada vez más bloqueado.

Los sociólogos constatan, sin embargo, las primeras señales de una ola tecnocrítica. Este movimiento no se limita al campo intelectual. La neorruralidad, aunque sea  un éxodo urbano de una joven  clase  media afectada por  las promesas traicionadas de la tecnología, es una realidad cada vez más visible. La alienación moderna no es el único horizonte posible y este impulso se reúne naturalmente con la gran toma de conciencia ecológica. Salvar  a los cachorros pandas es una causa justa, pero abstraerse de la máquina, de una tecnología que tiene por  objetivo aniquilar la voluntad y colonizar los imaginarios, quizá sea  más urgente. Los ecologistas radicales y los socialistas conservadores releen a Weil, Giono,  Castoriadis y Morris  para construir nuevas contrasociedades que, por  ser  utópicas, no son  menos eficaces para nuestras sociedades fatigadas. Desconectar para no autodestruirse, no hemos hecho más que empezar a hablar de ciberminimalismo y de desconexión voluntaria. Las numerosas iniciativas de disidencia frente a la empresa digital no están exentas de contradicciones, pero permiten contener la invasión en todos los niveles: en la escuela, el hospital, en las relaciones sociales o en el campo político. Frente al gran bloqueo hay que reivindicar la gran inquietud: “La tarea más importante en nuestros días  consiste en hacer comprender a los hombres que deben inquietarse”, escribía Anders. Indispensables exploradores.

Fuente: Éléments pour la civilisation européenne

Traducido por. El Inactual (UN SITIO ALTAMENTE RECOMENDABLE)

https://www.elinactual.com/p/blog-page_539.html

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