
Los centros de datos de IA consumen volúmenes de agua no previstos, como los 30 millones de galones en Georgia y el 40% del suministro en The Dalles, provocando 150 protestas en EE.UU.
El uso intensivo, que crece hasta 150 gigavatios de energía para refrigerar GPUs, desafía los compromisos de empresas como Amazon y Google de devolver más agua de la que usan, dado que las cuencas hidrográficas no son intercambiables. Aunque existen tecnologías de refrigeración eficientes, la expansión prioriza incentivos económicos sobre el estrés hídrico local, dejando a las comunidades sin poder regulatorio para gestionar este impacto ambiental directo.
Los centros de datos que alimentan los grandes modelos de inteligencia artificial consumen agua en cantidades que las comunidades locales no esperaban y para las que nadie les pidió permiso. Es el argumento central de un análisis publicado por Gizmodo el 8 de agosto de 2026. Los números son difíciles de ignorar: en Fayetteville, Georgia, un campus de Quality Technology Services absorbió 30 millones de galones (113 millones de litros) del suministro local antes de recibir una sola factura. En The Dalles, Oregon, los centros de datos de Google son responsables de casi el 40% del consumo total de agua de la ciudad.
La reacción ciudadana está escalando. El pasado mes, comunidades de distintos estados organizaron el primer evento de protesta nacional coordinado contra la expansión de centros de datos: cerca de 150 protestas simultáneas en 42 estados de EE.UU. El argumento no es que la IA sea mala. Es que nadie les preguntó.

Por qué los centros de datos de IA consumen tanta agua
Los servidores generan calor. El calor se disipa con agua. Los modelos de IA —especialmente los de última generación, con miles de GPUs en paralelo— generan mucho más calor por unidad de superficie que los servidores convencionales. La densidad de potencia por rack se ha multiplicado, y con ella el consumo de refrigeración.
Los grandes centros de datos pueden consumir hasta 5 millones de galones de agua al día, equivalente al uso diario de una ciudad de entre 10.000 y 50.000 habitantes. El 80% del agua que entra en un centro de datos se evapora en el proceso de refrigeración; el resto sale como aguas residuales cálidas que pueden saturar las plantas de tratamiento locales.
En 2021, los 5.426 centros de datos de EE.UU. consumían unos 449 millones de galones diarios (163,7 mil millones anuales). Con la explosión de la IA, esa cifra está creciendo de forma acelerada: una previsión de Bloom Energy indica que la demanda energética total de los centros de datos en EE.UU. casi se duplicará entre 2025 y 2028, pasando de 80 a 150 gigavatios. El agua va de la mano de la energía.
Amazon reveló en junio de 2026 que sus centros de datos consumieron 2.500 millones de galones de agua en 2025, equivalente al 5% del consumo anual del área metropolitana de Seattle. Era la primera vez que la compañía publicaba esa cifra global. La defensiva fue inmediata: Amazon asegura ser 7 veces más eficiente que la media del sector (0,12 litros por kWh vs 0,84 litros del sector), pero el volumen absoluto sigue siendo enorme.
La brecha entre los compromisos y la realidad
Google se comprometió a devolver más agua de la que consume para 2030. En 2024 consumió 7.200 millones de galones de agua dulce y devolvió aproximadamente 4.500 millones, un 64%. Para llegar al 100% antes de 2030, necesita que la eficiencia mejore más rápido de lo que crece la demanda de cómputo. Con la expansión de la infraestructura de IA acelerada al ritmo actual, ese equilibrio es difícil de mantener.
La crítica legítima a estos compromisos no es que sean falsos, sino que la contabilidad hídrica puede ser engañosa. Devolver agua a un acuífero en Texas no es lo mismo que devolver agua al mismo acuífero de donde se extrajo. Las cuencas hidrológicas no son intercambiables. Un centro de datos en una región con estrés hídrico puede seguir siendo un problema aunque la empresa financie proyectos de restauración en otra cuenca.
La tecnología de refrigeración tiene espacio para mejorar. Los sistemas de refrigeración directa al chip o de inmersión pueden reducir drásticamente el consumo de agua, pero requieren inversiones que muchos operadores retrasan por el coste de la transición. Mientras tanto, la expansión continúa a ritmo de cemento en regiones donde el agua ya es escasa.

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