INGENIERÍA SOCIAL NWO: El cuerpo inframaterial como base del horror moderno

Dentro de este paradigma, el cuerpo ya no será una máquina gobernada por la razón, sino que se convertirá en la pulsión del instinto más bajo.

Así, el «cuerpo» resulta  significar  el  fin  mismo  de  la  irracionalidad.  El  cuerpo  como  forma verdadera que vimos en el estadio primordial, se convierte en el reflejo amorfo de una tendencia autodestructiva. Se trata del cuerpo infra-material moderno: el espectro psíquico más inferior con apariencia de falsa corporeidad.

 

Cualquier ciudadano urbanita moderno  seguidor de la «moda», víctima de la publicidad comercial, y preocupado por su «imagen» ilustraría simbólicamente este estadio.

Y si no identificamos a modo de ecuación este estadio con los tiempos modernos en sí mismos, es porque nos consta que, aún dentro de la modernidad, existen individualidades capaces de vivenciar diferentes paradigmas de pensamiento.

En lo que respecta al cuerpo infra-material, éste será fácilmente identificable como la inversión de su estado primordial. Así, si el cuerpo primordial del ser humano es la manifestación de la verdad que es, el cuerpo infra-material del moderno será la «imagen» del personaje que finge ser exteriormente. Si el estado primordial del hombre se muestra como la pura alegría inherente a la vida, el cuerpo infra-material se presenta como la agitación histérica de una búsqueda constante de entretenimiento y distracción (“placer”, dirá el moderno). Si la naturaleza  del  cuerpo  primordial  es  el  gozo,  el  alimento  del  cuerpo  infra- material será la «diversión» obtenida por pulsiones autodestructivas  (ejemplos típicos de esta «diversión» serían el uso lúdico de las drogas modernas). Si el estado primordial del cuerpo humano es la salud, el hombre moderno partirá del desequilibrio mismo, acentuado por adicciones a nicotinas, cocaínas, antidepresivos,  excitantes,  somníferos,  tranquilizantes  y  edulcorantes.

 

Si  el estado primordial del cuerpo es una satisfacción que se basta a sí misma, el moderno necesitará de mil y un artilugios para perpetuar su participación en una sociedad de consumo que le esclavizará en una continua insatisfacción.

 

De  esta  manera,  la  corporeidad  moderna  se  proyecta  como  una  auténtica «imagen», con lo que en su etimología significa: un reflejo invertido de lo real, una imitación paródica y fantasmal del cuerpo humano.

El lenguaje de esta corporeidad también quedará reducido al balbuceo irracional. Si la sexualidad podía ser reprimida en el segundo estadio o mecanizada en el tercero,  aquí la sexualidad  directamente  se convierte  en la búsqueda  de un placer fingido que sólo consigue obtener dolor, sufrimiento y humillación. Si la unión  sexual  primordial  supone  ser  la  interiorización  del  inmenso  gozo  del cosmos, el orgasmo moderno será la exteriorización espasmódica de un deseo saciado temporalmente.

 

Toda esta experiencia sexual moderna sólo aspira a la afirmación y el despertar de la pulsión más inferior; y ese despertar espectral es lo que encierra el eufemismo moderno de la «liberación sexual».

 

Estos horrores siempre van a tener su origen en sociedades netamente modernas. Más aún: estos horrores en sí mismos van a ser herramientas de control mental en manos de la enferma élite que diseña y proyecta un mundo al servicio de sus intereses. Con respecto a los horrores relacionados directamente con la corporeidad  infra-material,  su  origen  y  su  desarrollo  más  impensable  van  a ubicarse  en  Europa  Estados  Unidos.  No  sólo  eso:  con  respecto  a  los  tres horrores que aquí se expondrán, su origen y desarrollo se podría localizar en la sociedad norteamericana; más aún: se podría señalar Los Angeles como la ciudad paradigmática de esta degenerada noción del cuerpo. A modo de analogía, Los Angeles resulta ser una de las ciudades más occidentales del país más occidental de la Civilización Occidental; y esa «occidentalidad» misma resulta ser su función simbólica: mostrar la tierra que primero queda en tinieblas tras la puesta del sol. Se puede ir más allá: la toponimia misma de la ciudad (Los Angeles) resulta ser una  ironía  demasiado  refinada  como  para  pasar  desapercibida.  

Tampoco podemos interpretar como una mera casualidad el hecho de que actualmente Arnold Schwarzenegger, una estrella de Hollywood y un campeón de fisio- culturismo (en inglés: bodybuilding; literalmente: «construcción de cuerpo») sea gobernador  del  estado  de  esta  ciudad.  Más  allá  de  la  precisa  localización geográfica de su origen, al lector le resultará sencillo encontrar estos horrores concretos en cualquier sociedad moderna y su cotidianidad. Señalamos estos tres porque introducirán los problemas que se plantearán en capítulos posteriores desde el punto de partida que el lector encontrará más inmediato a sí mismo: su cuerpo.

FUENTE

Capítulo 2 del libro, La Danza Final de Kali.  Editorial Ibn Asad, 2010

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