El totalitarismo de la locura perversa que está destruyendo a occidente (v2)

En ciertos hospitales universitarios el término “leche materna” ha sido sustituido por el de “leche pectoral”, y la palabra «madre» por «padre paridor». Es obvio que estamos ante grandes delirantes. Y ocupan el poder.


Después de la era de la sospecha, la del delirio. Bajo la influencia de lo políticamente correcto, del neofeminismo alucinado y de un neorracialismo obnubilado por lo cutáneo, lo político se vuelve psiquiátrico. Objetivo: acusar a la “blanquidad” (whitness) en nombre de la superioridad negra; y a la “heterodependencia” en nombre de una misandria asociada a la idea de que la distinción entre lo masculino y lo femenino no pinta nada.

Limpiar de “blanquidad” al mundo

El New York Times dio el tono al decidir ponerle una mayúscula a “Black” y una minúscula a “white”. En junio de 2020, la compañía L’Oréal anunció que retiraba de todos sus productos “las palabras blanco y blanqueador. La firma Lockheed Martin ha creado cursillos para que sus ejecutivos deconstruyan su “cultura de hombres blancos” y se les ayude a expiar “su privilegio blanco”. Coca-Cola exhorta a sus trabajadores a que sean “menos blancos”. En Chicago, la alcaldesa negra y lesbiana Lorl Lightfoot ha decidido dejar de dar entrevistas a periodistas blancos. La lucha contra la “blanquidad” se extiende también a la “blanquidad alimenticia”, la cual consiste en “recurrir a las costumbres alimenticias para reificar y fortalecer la blanquidad como identidad racial dominante” (Mathilde Cohen). También se les pide a los blancos que se prosternen y pidan perdón.

El gran hospicio occidental

Quieren que desaparezca el estudio de la Antigüedad, al que se tilda de “nocivo”. La Howard University ya ha suprimido su departamento de estudios clásicos. La de Princeton ha renunciado a que sean obligatorios. Los profesores entonan su mea culpa. Dan-el Padrilla Peralta, profesor de historia romana en Stanford, espera que “la asignatura muera lo antes posible”, pues “la blanquidad se halla incrustada en las entrañas mismas de los clásicos”. Donna Zuckerberg, de la universidad de Princeton, hace un llamamiento para que “las llamas lo destruyan todo”. La universidad de Wake Forest lanza un curso de “rectificación cultural” para deconstruir “los prejuicios según los cuales los griegos y los romanos eran blancos”.
Después de derribar estatuas, toca “descolonizar” las bibliotecas y la edición. Por solicitud de los “sensivity readers”, encargados de corregir los manuscritos para que “no ofendan a ningún lector”, se colocan “trigger warnings” (avisos de alerta) en las escenas problemáticas. Ahora las películas y las series de novelas policíacas tienen que dar los papeles principales a las minorías raciales y sexuales, mientras que los malos son invariablemente hombres blancos racistas y misóginos.
Se van prohibiendo poco a poco los “juguetes de género”, y en Disneylandia ya se ofrecen disfraces de “género fluido”. A fin de extirpar los “estereotipos” se reescriben tanto las películas infantiles como la literatura juvenil. Dado que Blancanieves es demasiado blanca, los estudios Disney ruedan una nueva versión en la que será encarnada por una mestiza y en la que el príncipe azul le evitará el traumatismo de ser despertada con un beso “no consentido”. También se les ruega a los realizadores que creen “superhéroes” gordos y minusválidos.
También es prioritario romper con la “masculinidad tóxica” y liberarse de una heterosexualidad a la que se considera una “ficción política” mediante la que “se ha reestructurado la dominación colonial”. En Francia, Alice Coffin propone no leer libros escritos por hombres ni escuchar música hecha por ellos (ingente programa…).
El gran debate actual enfrenta a las feministas que consideran que los varones dejan de serlo tan pronto como estiman que son mujeres, y aquéllas a las que les resulta un poco difícil tragárselo, digámoslo así. En la universidad de Dundee sancionaron a una estudiante por haber declarado que “las mujeres tienen vagina”. A una profesora de la universidad de Exeter la acusaron de discriminación por haber dicho que “sólo las mujeres tienen sus reglas”. ¡La desventurada se había olvidado de las “transgénero”! De modo que ya no se hablará de mujeres, sino de “personas menstruadas”. En los hospitales universitarios de Brighton y de Sussex, el término “leche materna” es sustituido por el de “leche pectoral” (o “alimentación por el torso”), y la palabra “madre” la han cambiado por “padre paridor”. Para que todo el mundo esté contento, la compañía Moodz propone un “bonito boxer menstrual unisex” (sic). De lo más pijo, realmente.

Los transexuales de sexo masculino ahora pueden participar en las competiciones deportivas femeninas. En Estados Unidos también es posible alistarse en el ejército bajo una “identidad de género”. En Inglaterra, la compañía ferroviaria NER se excusó ante los viajeros “no binarios” que se habían quedado traumatizados al oír por la megafonía de un tren el anuncio de: “Buenos días, señoras y señores”. Desde ahora se dirá “hello, everyone”.

Apoyados por grupos de presión carentes de toda legitimidad democrática y aplaudidos por los amigos del desastre, los actores de la vigilancia woke son hijos del Padre Ubu y de los Guardias Rojos de la “Gran Revolución Cultural”, pero también de un calvinismo puritano obsesionado por la pureza moral y la expiación ilimitada. Se dedican a negar lo real, pues detestan el mundo tal como es y los hombres tal como son. Sólo sueñan con una historia moral impuesta por la policía de los sentimientos. Por ello transforman la sociedad en un amasijo de susceptibilidades, proclaman la primacía de lo justo sobre el bien y practican la denegación del ser en nombre del deber ser.
Es obvio que estamos ante grandes delirantes. Los especialistas saben muy bien que al menos la mitad de los bípedos que circulan por este planeta son caracteriales o desequilibrados. La CIA estima que, en los próximos veinte años, el coste de las enfermedades mentales ascenderá en el conjunto del planeta a unos 16 billones de dólares (no “billones americanos”, sino europeos). Edward Limonov hablaba del “gran hospicio occidental”. Habría sido mejor que hablara de un hospicio psiquiátrico. Donde los locos se habrían hecho con el poder.

FUENTE: ALAIN DE BENOIST

https://elmanifiesto.com/

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