
Durante años, los gobiernos aseguraron al público que los lectores de matrículas eran simplemente herramientas para atrapar vehículos robados, fugitivos y delincuentes peligrosos. Ese siempre fue el argumento de venta.
Ahora se está revelando la verdad. Según informes, se está comercializando una nueva plataforma de vigilancia llamada SignalTrace entre las fuerzas del orden y las agencias gubernamentales, que va mucho más allá de la lectura de matrículas. El sistema puede recopilar identificadores de teléfonos inteligentes, relojes inteligentes, dispositivos Bluetooth, sistemas de infoentretenimiento de vehículos, puntos de acceso Wi-Fi, sensores de presión de neumáticos, dispositivos RFID, AirTags e incluso microchips para mascotas. Ya no les interesa rastrear su coche. Les interesa rastrearlo a usted.
Lo alarmante es la franqueza con la que se está hablando de esto. El objetivo declarado de la tecnología es «cerrar la brecha entre el vehículo y su ocupante». En otras palabras, las autoridades ya no quieren saber por dónde viajó un vehículo. Quieren saber quién estaba dentro, adónde fue, con quién se reunió y con qué frecuencia viajaban juntos. El sistema crea una huella digital electrónica única basada en la recopilación de dispositivos que rodean a una persona. Tu teléfono, tu reloj, tus auriculares, tu coche e incluso el microchip de tu perro se convierten en piezas de una identidad digital que puede ser rastreada a dondequiera que vayas.
Así es precisamente como los gobiernos siempre expanden la vigilancia. Comienzan con un propósito limitado que parece razonable. Luego, la tecnología avanza y, de repente, el alcance se vuelve ilimitado. Los lectores de matrículas se vendieron como herramientas para combatir el crimen. Después se convirtieron en bases de datos de movimientos de vehículos. Ahora están evolucionando hacia sistemas que pueden reconstruir el patrón de vida completo de una persona. Los defensores de la privacidad han advertido que estos sistemas pueden revelar dónde trabajan las personas, dónde practican su religión, dónde reciben atención médica y con quién se relacionan. Una vez que esa información existe en una base de datos consultable, todas las agencias gubernamentales querrán acceder a ella.
Lo que está sucediendo forma parte de una tendencia mucho más amplia. Gobiernos de todo el mundo están creando sistemas de identificación digital, expandiendo la vigilancia financiera, monitoreando las comunicaciones y centralizando los datos personales. Al mismo tiempo, las fuerzas del orden buscan acceso a nivel nacional a las redes de lectores de matrículas que proporcionan capacidades de rastreo casi en tiempo real en todo Estados Unidos. La infraestructura se está construyendo pieza por pieza. La mayoría de la gente solo ve cada paso individual. No logran comprender la magnitud del problema hasta que el sistema está completamente operativo.

El argumento siempre será la seguridad. Es la justificación más antigua de la historia. Toda expansión del poder gubernamental se presenta como necesaria para la seguridad pública. Sin embargo, una vez construidos estos sistemas de vigilancia, rara vez se reducen. En cambio, se descubren constantemente nuevos usos. Hoy el objetivo son los delincuentes. Mañana podrían ser los opositores políticos, los manifestantes, los periodistas o cualquier persona considerada sospechosa por quienes ostentan el poder. La historia ha demostrado repetidamente que los gobiernos nunca renuncian a las herramientas que les permiten controlar mejor a la población.
La mayor amenaza no es la tecnología en sí. La tecnología es neutral. El peligro reside en creer que se puede confiar indefinidamente en los gobiernos, las corporaciones y las burocracias, otorgándoles acceso ilimitado a la información sobre los movimientos, las relaciones y la vida cotidiana de cada ciudadano. Cuando tu teléfono, tu vehículo, tus dispositivos portátiles e incluso tu mascota se convierten en balizas de rastreo que alimentan una red de vigilancia centralizada, ya no hablamos de prevención del delito. Hablamos de la creación de una correa digital atada a cada individuo. Una vez que existe esa infraestructura, la tentación de abusar de ella se vuelve inevitable.
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